Resumen: La ermita de Santa Marina se construyó por el concejo de Villamartín de Sotoscueva (Burgos) e1456, según dice su inscripción pintada en su ábside. Se propone en este artículo que dicha ermita se levantó un contexto violento por la embestida señorial contra los poderes concejiles, y el vecindario protegió su interior y su exterior con una serie de sorprendentes pinturas murales de carácter apotropaico, así como el tejado, por medio de una teja inscrita con versos del Poema de Fernán González, contemporánea del edificio. Todo ello responde a conceptos presentes en la cultura popular del imaginario medieval, expresada a través de claves visuales y escritas.
Palabras clave: Teja inscrita,Poema de Fernán González,inscripción fundacional,apotropaico,cultura visual.
Abstract: Marina was built by the council of Villamartín de Sotoscueva (Burgos) in 1456, according to the inscription painted on its apse. This paper states that this hermitage was built in a violent environment by the nobility's onslaught against the council powers, and the neighbourhood protected its interior and exterior with a series of surprising mural paintings of an apotropaic nature, as well as the roof, by means of a tile inscribed with verses from the Poem of Fernán González, contemporary to the building. All of this responds to concepts inscribed in the popular culture of the medieval imaginary, expressed through visual and written clues.
Keywords: Inscribed tile, Poema de Fernán González, Foundational inscription, Apothropaic, Visual Culture.
Resumo: A ermida de Santa Marina foi construída pelo conselho de Villamartín de Sotoscueva (Burgos) em 1456, de acordo com a inscrição pintada na sua abside. É proposto neste artigo que este eremitério foi erigido num contexto violento devido à investida da nobreza contra os poderes do conselho, e a comunidade protegeu o seu interior e exterior com uma série de surpreendentes pinturas murais de carácter apotropaico, bem como o telhado, através de uma telha inscrita com versos do Poema de Fernán González, contemporâneo do edifício. Tudo isto responde a conceitos presentes na cultura popular do imaginário medieval, expressos através de chaves visuais e escritas.
Palavras-chave: Telha inscrita, Poema de Fernán González, inscrição fundacional, apotropaico, cultura visual.
Artículos
La ermita de Santa Marina en Villamartín de Sotoscueva (Burgos) como refugio de la comunidad. Proteger un edificio con escritura y pintura en 1456
The ermitage of Santa Marina in Villamartín de Sotoscueva (Burgos) as a refuge for the community. To protect a building with writings and paintings in 1456
A ermida de Santa Marina em Villamartín de Sotoscueva (Burgos) como refúgio da comunidade. Proteger um edifício com escrita e pintura em 1456
Recepción: 10 Febrero 2021
Aprobación: 06 Mayo 2021
Este territorio fue habitado en tiempos prerromanos por los autrigones, y tiene larga tradición histórica altomedieval. A principios del siglo IX, el conde Gundesindo, gobernador de esta tierra, donaba Sotoscueva, entre otras poblaciones, al monasterio dúplice de Fiéstoles (Cantabria).[2] Canónicamente, dependió en un primer momento de la diócesis de Valpuesta (Burgos), para pasar posteriormente a la sede burgalesa. Es en esta comarca donde por primera vez, a finales del siglo IX, se hablará de Castella Vetula, en clara alusión a su crecimiento hacia el sur. El término municipal limita hoy con Cantabria, aunque también se encuentra muy cerca de las provincias de Álava y Vizcaya.
A poco más de doscientos metros de la iglesia parroquial de San Esteban, ya existente en el siglo XII se halla la ermita de Santa Marina, en un extremo de este pueblo. Apenas ha despertado interés esta construcción, y vagamente se recoge en obras de divulgación o en artículos científicos que la tratan colateralmente, citándola siempre con referencia a la aparición de la teja incisa con versos del Poema de Fernán González (PFG).
Planta de la ermita (con la colaboración de la arquitecta Inés Santa Olalla)
El derribo de las construcciones cercanas ha dejado al edificio en un entorno inmediato de carácter natural. Quedan restos al noroeste de la ermita de la demolición de la antigua casa “del santero”, llamada así por la bibliografía, donde su propietario, Ángel Ruiz Sainz, descubrió en 1950 la teja en un lugar escondido de la cocina, llamado “la secreta”.[3] Ninguna de la media docena de personas preguntadas, vinculadas al pueblo de Villamartín, había oído hablar nunca de la existencia de estas “secretas”, ni en el pueblo ni en el entorno. Tampoco del “santero”.[4]
La ermita de Santa Marina es un edificio de una nave, con cabecera de planta recta tanto al exterior como al interior, hoy sin diferenciación de alturas entre ambos cuerpos en el alzado en su línea de cumbrera. Su fábrica es de mampostería, con encintados de sillares en esquinas y portada, que se encuentra al sur, siendo el único acceso. Una pequeña espadaña de sillería de tronera única remata el piñón del hastial occidental.
En la cabecera se abren dos vanos. Uno, axial, en el testero, en forma de esbelta aspillera (de 10 cm de ancho). Otro, más tardío, en el costado meridional. Ambos se recercan de sillares. La tercera ventana, diminuta y conformada por cuatro sillares que dejan un hueco en su centro, se abre en el eje del testero occidental.
Planta de la ermita (con la colaboración de la arquitecta Inés Santa Olalla)
El interior del testero absidal en su parte superior está ocupado en toda su anchura por una inscripción de color rojo en letras de gran formato de muy buena ejecución paleográfica/epigráfica. Dice:[5]
esta iglesia fizo el conceio a honor de sennora sancta marina / fecha a vi días de iullio anno del mil / e cccc e lvi annos
Inscripción absidal
A la vez, se realizó el resto del programa pictórico que salpica el interior de los muros de este edificio, de discutible calidad técnica, y también el exterior de su única portada y del entorno de la ventana axial.[6] La sensación es que lo que realmente interesó fue dejar constancia de lo que la inscripción proclama, y las expresiones plásticas vinieron por añadidura o, mejor dicho, se empleó a la misma cuadrilla (no especialmente dotada) para rematar, a mayores, una faena cuyo objetivo principal ya estaba cumplido. La fecha de la inscripción ocurre dieciséis días antes de la muerte del arzobispo de Burgos Alfonso de Cartagena, bajo cuyo pontificado, por tanto, se erigió la ermita.
Desde finales del siglo XIII tratar de esta región implica necesariamente referirse a la familia de los Fernández de Velasco. El primero significativo fue Sancho Sánchez de Velasco (†1315), que llegó a ser Justicia Mayor de la Casa del Rey, Adelantado Mayor de Castilla y Adelantado Mayor de Andalucía. Percibió las rentas de la martiniega de la merindad de Castilla Vieja y desde ella acrecentó el territorio familiar.[7] Eran nobleza de la que la considerada “nueva”, llamada a triunfar especialmente con el advenimiento de los Trastámara.
Algunos datos nos permiten reconstruir el contexto de esta tierra en los siglos XIV y XV. El Becerro de las Behetrías (o Libro de las Merindades de Castilla), redactado en 1351, es la fuente directa más importante para conocer la realidad jurídico-administrativa de esta región y muestra cómo este linaje aprovechó el cargo para apoyar sus particulares intereses señoriales, colisión que provocó un ambiente violento y banderizo al norte de Castilla. En 1366 el rey entregó Briviesca a los Velasco y tres años después Medina de Pomar. Estos puntos estratégicos permitieron al linaje controlar las rutas entre Castilla y el Cantábrico a través de los valles que los conectaban, el de Sotoscueva entre ellos.[8] En 1367/1368 Enrique II concedió el título de merino mayor de Castilla Vieja a Pedro (I) Fernández Velasco en agradecimiento a su apoyo en la guerra fratricida que mantuvo con su depuesto hermano, Pedro I. En 1419, aprovechando la muerte unos meses antes del merino Juan de Velasco, que sembró de fortalezas la zona, y la minoridad de su hijo Pedro (II), varios concejos de la merindad de Castilla la Vieja, entre los que estaba Villamartín, elevaron un memorial al rey Juan II en que se quejaban de la actuación de los Velasco en su papel de merinos reales. El clima de violencia y terror señorial se fue haciendo insoportable,[9] pero el apoyo del poder real a este linaje continuaba. El propio Juan II concedió en 1431 a Pedro (II) Fernández de Velasco (1399-1470) el título de “Buen Conde de Haro” y “todos los yantares, martiniegas, infurciones, fonsaderas y cualesquiera otros derechos que en granos, maravedís u otras especies perteneciesen a Su Majestad” en 41 lugares, Villamartín entre ellos. Esta concesión excluía alcabalas, tercias y “otras cosas” pertenecientes al señorío real.[10] Posteriormente añadiría el título de señor de Frías (1446) y, en 1473, el de Condestable de Castilla, honor hereditario desde Pedro (III) Fernández de Velasco (1425-1492), casado desde 1436 con Mencía de Mendoza (1421-1500), hija del marqués de Santillana.
Medina de Pomar, epicentro del señorío velasqueño, distaba tan solo veinticinco kilómetros de Villamartín, menos de cinco leguas. Un cuadernillo casi contemporáneo a la construcción de la ermita de Santa Marina relaciona la nómina de estos edificios que la poderosa familia de los Velasco tenía en las merindades de Castilla la Vieja,[11] uno de ellos en Espinosa de los Monteros, por más que la villa no perteneciera al señor, a apenas quince kilómetros de Villamartín. Los Velasco, pues, continuaban erigiendo o reparando torres, casas fuertes, como la de Quisicedo en la merindad de Sotoscueva y en otras vecinas, algunas de las cuales salpican hoy el paisaje y son reclamo turístico. Tales inmuebles cumplían una triple función: la obvia defensiva, fiscal (al controlar las mercancías en su paso de la Meseta al Cantábrico) y simbólica.[12] Piedra, mucha piedra, su altura, la masividad, la cerca, las armas, los vasallos pertenecientes a cada torre, los temidos alcaides… habrían de jugar un importante papel en el imaginario colectivo de las personas que vivían en concejos nominalmente libres, pero que veían cómo perdían libertades y eran avasallados cada vez más por las huestes del merino (las mismas que se integraban, llegado el caso, en el ejército real cuando el rey lo solicitaba), cada vez más fuerte. Quizá vieran con tranquilidad cómo el centro del señorío de los Velasco se alejaba de Medina de Pomar a la ciudad de Burgos cuando en 1473 Pedro (III) de Velasco fue nombrado Condestable de Castilla. Veinte años después de que el concejo de Villamartín ficiera “la iglesia de Santa Marina” se firmó el capitulado de Vitoria (1476), que tendría influencia fundamental en el nordeste castellano a la hora de plantear las reformas alentadas por los Reyes Católicos en el sistema municipal que, entre otros cambios, propiciaría el paso del concejo abierto al concejo cerrado, menos participativo.[13] El cerco se estrechaba.
Testero absidal una vez restaurado, con la inscripción y otras pinturas
Esta inscripción es singular porque no abundan en la época medieval estos rótulos que documentan un patrocinio concejil, y menos enmarcadas en edificios completos que hayan llegado hasta nuestros días, siendo, por el contrario, lo más frecuente el patronazgo privado en espacios religiosos.[14] Unos ejemplos zamoranos (siglos XI y XII) muestran ese interés por reflejar la iniciativa concejil en la construcción de templos, parroquiales en este caso. La iglesia capitalina de San Cipriano exhibe, sobre piedra y al exterior, dos conocidas inscripciones, de las que extracto la traducción de la parte que interesa aquí: “Ildefonso con la ayuda de todo el concejo y puso la techumbre el maestro de obra Raimundo”, y la iglesia “se terminó con la ayuda del resto del concejo y con el maestro Sancho y con Raimundo”. Por su parte, en la iglesia de Pobladura de Aliste (Zamora), una inscripción dispuesta al exterior y labrada sobre los sillares de su fábrica afirma: “En la era 1120 el presbítero Martín hizo [esta] iglesia conjuntamente con el concejo”.[15] El muy distinto contexto cronológico (siglos XI y XII en Zamora y siglo XV en Villamartín), geográfico (del occidente leonés al norte castellano) y canónico (parroquias y ermita), impide establecer vínculos directos o líneas coherentes de tradiciones epigráficas, pero prueba que no era baladí que un concejo promoviese la construcción (en solitario o con más instituciones o personas) de un edificio religioso. En el caso burgalés, el propio concejo pasaba a competir con las oligarquías locales, que emplearon los espacios religiosos como marco propicio para enaltecer sus linajes y perpetuar mensajes iconográficos o escritos que publicitaran su poder e influencia.
Este carácter privativo de la iglesia de Santa Marina (habrá que esperar 127 años, hasta 1583, a que se constituyese una hermandad que administrara y regentase el edificio) parece estar en la razón de ser de la erección de este templo, expresado mediante la monumentalización epigráfica de tal hecho. El acabado de la decoración de este espacio, un pincelado con un simple fingido de sillares en la bóveda de la cabecera y rosca del arco de gloria, y no liso, le confería la dignidad mayor de que dicho concejo pudo dotarla. La parte que iba a recibir pinturas figurativas (hastial de cabecera y nave) no se pinceló.
No se puede probar que el concejo se reuniera en esta ermita (iglesia, dice la inscripción), pero lo cierto es que la erigió, la rotuló y le dio uso, por lo que todo apunta a que fuese el lugar de reuniones, y por ello el interés del concejo en “marcar” su legítima propiedad sobre el edificio que se había construido, y que ello se proclamara con una escritura publicitaria[16] en forma de inscripción pintada en el espacio principal, el ábside. El rótulo fue ejecutado por una cuadrilla de especialistas en este cometido, conocedores de los códigos propios de la escritura en pergamino o papel y de llevarla al muro, a quienes, de paso, se les extendería el encargo y harían el resto de pinturas.
Seguramente en el siglo XVI se reharía por completo la fábrica de la antigua iglesia parroquial de San Esteban, y se recolocó su veneranda inscripción fundacional, fechada en 1176.[17] El nuevo edificio, de impulso diocesano, sigue un modelo gótico acorde a la estética de los nuevos y grandes edificios.[18] Por el contrario, la ermita de Santa Marina, construida a expensas del vecindario, se hace heredera de una tradición constructiva que ya era claramente arcaizante, anclada en una estética románica que llevaba trescientos años cumpliendo su función. Su planta original es intercambiable con la de cientos de templos románicos castellanos, en dimensión y proporción entre sus partes,[19] si bien el espesor de sus muros (70 cm, unos 2,5 pies) es considerablemente más delgado que el románico (habitualmente, unos tres pies). Estilísticamente, la cabecera es la parte que mejor acusa estas características, con su planta recta al interior y al exterior,[20] estrecha aspillera en el eje del muro oriental y bóveda de cañón de sillería.
Parece datar tal epígrafe tanto la propiedad (o la construcción) de la ermita de Santa Marina como la confección del propio ciclo pictórico. Se emplea la fórmula FIZO y no otras (“fecit”, “fieri iussi”, “mandó hacer”, por ejemplo). Orgulloso, el concejo quiso dejar constancia de su comitencia, al modo en que llevaban siglos haciéndolo por doquier patronos privados. Como no podía ser de otro modo, se utilizó el romance, la lengua que entendía el pueblo, y no el latín, arrinconado a gentes de iglesia y de universidad. El día de esta “inauguración”, al modo de las consecrationes, se realizó en domingo. Si la piedra inscrita de la iglesia parroquial reflejaba en su inscripción el día de la dedicación, la advocación, la intervención episcopal y el año en que ocurrió, la ermita de Santa Marina proclamará en un titulus pictus la advocación, el día y año de erección… y la intervención concejil. Se emula el contenido epigráfico de la vetusta piedra parroquial (había un venerado modelo en que inspirarse) y, a la vez, se señala la independencia de la iniciativa tanto del poder religioso como del nobiliario.
La decisión de construir la ermita posiblemente se tomó en la reunión concejil que convocaba al pueblo de Villamartín bajo una encina sagrada situada en el Alto de Concha, cerca de la cueva de San Tirso y Bernabé.[21] A este edificio se trasladarían posteriormente las asambleas en época postmedieval. Este componente popular, que responde a claves mágicas o de pensamiento mítico, estaba muy presente en la sociedad del siglo XV y sus pervivencias en la zona se han documentado en tiempos recientes.[22] La toponimia cercana a Villamartín testimonia, por otro lado, la presencia fosilizada de ancestrales creencias que llegan a constituir topoi universales, y que en este caso se une a la gran cantidad de oquedades que dan lugar al propio nombre del valle de Sotoscueva.[23] Las “pinturas” de la ermita de Santa Marina pueden ser un testigo de tal cosmovisión, como veremos.
Los años previos a 1456 debieron ser una época mala para el concejo de Villamartín. El linaje de los Velasco poco a poco iba haciéndose con el control del territorio y de sus gentes y levantaba las citadas y amenazantes torres y casas fuertes. El vecindario no podía competir constructivamente con tan poderoso linaje, pero decidió defenderse, a su vez, erigiendo un edificio propio (la ermita) con humilde mampostería, que se protegió no con sillares ni merlones ni cadalsos ni matacanes, sino iconográficamente con imágenes de santas que vencieron al mal porque se encomendaron a Dios y una extensa colección de signos salutíferos, profilácticos, aquellos que también protegieron a sus abuelos y a los abuelos de sus abuelos. Llegamos a esta conclusión por la advocación del templo, el universo pictórico representado y el texto transcrito en la teja hallada junto a la ermita.
La teja inscrita de Villamartín alude a santa Marina y ya se dijo cómo apareció descontextualizada, pero cuidadosamente guardada, pues no se descubrió en el contexto de la cubierta de la ermita ni formando parte de rellenos arqueológicos. Parece cabal pensar que dicha teja, que alguien se molestó en preservar, hubo de formar parte en su día de la cubierta de la propia ermita, y por ello la cita a la santa homónima.[24] De este modo, junto a las pinturas del interior y exterior del templo se completaba un “programa” de intención profiláctica con la protección de la parte superior del templo, el tejado.
En la teja se escribió pre cocturam e inserta en un sucinto pautado una mención a santa Marina perteneciente a la llamada “Oración de los fugitivos”, “Ritual de los agonizantes” u “Oración de los castellanos”:[25]
Señor que entre los sabios valiste a Catalina e de muerte libreste a E<s>t[er la rreyna]
<al> dragon destruxiste dela virgen Marina tu da a nuestras plagas la santa melecyna
Sobredibujo de la Oración de los fugitivos en los versos que citan a santa Marina (elaboración propia)
Esta cita se sitúa en la copla 106 del PFG, tetrástico dedicado a los tres personajes femeninos, Catalina, Ester “la reina” y la citada santa. El Poema se redactó en la década de 1250, aunque la única copia versificada en cuaderna vía que ha llegado a nuestros días (Biblioteca del Escorial, Ms. B-IV-21) data de finales del siglo XV, seguramente realizada en Burgos en torno a 1470-1480.[26] La versión de los versos de la teja es muy cercana a la de los del manuscrito escurialense.[27]
Teja inscrita, encontrada en las inmediaciones de la ermita en 1950 (imagen facilitada por el párroco de Villamartín de Sotoscueva, don Carmelo Olmedillo Arranz, a través de José Antonio San Millán Cobo. A ambos les estoy muy agradecido)
La letanía la pronuncia también doña Jimena en el Poema de Mio Cid antes de que Rodrigo Díaz partiera al exilio, pero también el Ordo commendationis animae se rezaba para enfermos moribundos, ante futuros inciertos, o para quienes tenían que partir de viaje[28] (una de las actividades sujetas a peligros de variado tipo). Por ello, no está de más recordar que las tejas de Villamartín se cocieron históricamente en tejeras lejanas;[29] había también viaje de por medio. Algún vecino de Villamartín, en un momento dado, bien pudo llevar una minuta con la oración escrita por un escribano local o un miembro letrado del concejo, o bien confió a su memoria (lo que parece más probable) los versos que un tercero debía escribir sobre el barro de la teja fresco, antes de que el tejero la hornease. Como la ermita se acabó en 1456 y su construcción no debió comenzar mucho tiempo antes, ni hay indicio alguno que permita sospechar que hubo un edificio preexistente o que la ermita se mudara de otro lugar, la teja, pues, no pudo inscribirse mucho antes de 1456 como terminus ad quem. La oración se había popularizado (como prueban tantas versiones romances literaturizadas y las propias variantes de la teja con respecto al PFG), y seguro que se repetía e invocaba allá en el siglo XV, al tiempo de la construcción del templo.[30] Muy probablemente los usuarios de la ermita de Santa Marina sabían que al menos una de las piezas de su techumbre la protegía no solo de las inclemencias atmosféricas. Era “santa melecyna” contra el “dragón”. No es muy aventurado pensar en el linaje que pudiera ser equiparado con la fiera.
Según la editora del texto de la teja, este pertenece paleográficamente a una escritura cursiva gótica, precortesana, equiparable a la “escritura de albalaes” y cronológicamente adscribible al siglo XIV, aunque no descarta, por algunos rasgos más tardíos, que pueda atrasarse al siglo XV, conclusiones aceptadas por la historiografía posterior.[31] La primera edición del texto de la teja ofrecía una data de principios del siglo XIV[32] lo que, de confirmarse, al ser previa al manuscrito escurialense conservado con el PFG (ca. 1480), podría indicar que originalmente el PFG se versificó en alejandrinos.[33] De ser la teja del siglo XIV o de comienzos del XV, como quieren los editores, esta pieza no habría sido cocida para cubrir la ermita de Santa Marina, pues aquella predataría al edificio.[34] Es, a mi parecer, una posibilidad remota, porque no debe ser casualidad que el fragmento elegido para figurar en la teja sea precisamente el que alude a santa Marina (advocación del edificio) en el contexto en que esta vence al dragón, reforzando esa función de protección que, en el imaginario popular, tienen los tejados.
La crítica paleográfica difícilmente puede precisar fechas en arcos de tiempo muy cortos, como sería el caso.[35] Por otro lado, y es algo más que un detalle, a la hora de tratar un texto como el de la teja, de filiación más diplomática que libraria, hay que tener en cuenta el soporte en que está inscrito, que necesariamente altera las características paleográficas propias (cursividades o pequeños trazos) de la pluma. No es el barro (y un barro que habrá de cocerse luego, con los necesarios cambios que se producirán sobre la superficie escrita) un material escriptorio convencional, y menos para alguien que aparenta conocer bien las características de la escritura sobre papel/pergamino. Cambiar la pluma por un estilo o punzón condiciona el trazo. El mismo texto escrito en cada uno de estos soportes habrá de ser distinto, pues la menor espontaneidad y velocidad de ejecución provocará, seguramente, un tipo de letra más cuidada, y seguramente más arcaizante. Del mismo modo, la escritura publicitaria pintada en el ábside tampoco puede ser comparada con la humilde inscrita en la teja, al ser de naturalezas tan distintas, pues una (en la teja) se hizo sin esperar que fuera a ser leída, y la otra (pintada) entra dentro de la categoría de la escritura publicitaria.
Al final de los versos transcritos en la teja, hay un signo notarial, detalle que sorprende. En la documentación escrita servía como como elemento de validación que aseguraba la garantía de autenticidad del propio documento, tal como quedaba regulado en la ley LIV del título XVIII de la tercera Partida (“las escrituras por que se prueban los pleitos”), donde se prescribía la obligatoriedad del uso del signo notarial, cuya traza se consignaba en un registro. Este signo notarial bastante convencional, cuyo diseño deriva del sello de Salomón, también lo emplearon distintos notarios vinculados a Villamartín, comenzando por el que validó las ordenanzas de la cofradía de Santa Marina en 1583, pero también otros.[36] Un notario al que acudió el concejo posiblemente escribió el texto acordado en una minuta (o lo escribió sobre el barro fresco), y validó con su firma el cumplimiento del encargo. Se certificaba que ponía lo que tenía que poner, y no otra cosa. Este creo que es el verdadero sentido del signo notarial escrito en la teja, más sencillo que otras explicaciones, muy meritorias pero excesivamente alambicadas y poco “económicas”, que se han hecho para explicar este escatocolo.[37]
De izqda. a dcha., sellos notariales: en la teja, en las Ordenanzas (ADBu, Libro de la cofradía de Santa Marina, s.f., último folio 1583), y en documentos de notarios de la zona del siglo XVI: AHPBu, Protocolos. 2987-5, f. 30v, 2976-2, f. 54r y 2976-6, f. 10r
Aunque no he podido examinar la teja directamente, sino por fotografías, es muy posible, como la crítica ha establecido, que tal teja predate al manuscrito escurialense que contiene la versión en forma poética más antigua conocida del PFG, pero como este terminus a quo se establece en el tercer cuarto del siglo XV tampoco influye a la hora de fechar la teja, porque en cualquier caso siempre sería esta anterior. Otra cosa es que, si la escritura de la teja acusa características de principios del siglo XV, necesariamente no ha de ser la factura de dicho texto (y de la teja) contemporánea a tales rasgos, por las cuestiones aludidas. No sería forzar mucho trasladar la escritura y cocido de esta pieza a mediados del siglo XV, época de construcción de la ermita de Santa Marina, que obviamente estuvo techada antes de acometerse los revestimientos interiores y las pinturas.
Desconocemos, de ser buena la hipótesis, cuánto tiempo permaneció la teja en su sitio, aunque sí sabemos de otras (datadas) que han permanecido varios siglos en la cubierta de otros edificios históricos.[38] Si la documentación propia de la ermita documenta alguna acción hasta la saciedad esa es la del retejo del edificio, como en todas las construcciones históricas, pues estas operaciones de mantenimiento continuo son conditio sine quae non de pervivencia.[39] En alguno de tales retejos se retiró la teja inscrita (quizá ya rota en una de sus esquinas, antes de que se afectase más y se perdiese el texto y, con él, su cualidad protectora) y se decidió conservarla, seguramente cuando el texto ya no se entendía, lo que era lo de menos, pues la escritura cumple aquí una función más de exvoto que comunicativa. Se nos ocultan todos los detalles de este proceso, intenciones, avatares… pero se hizo porque el precioso testimonio material al que se unió inextricablemente la escritura era importante. No era una teja más. Era un exorcismo que protegía al edificio y a la comunidad.
Santa Marina es advocación poco frecuente en Castilla,[40] si bien la catedral de Burgos advocó una capilla a esta santa en 1346 erigida en el costado sur del transepto por el obispo don García Ruiz de Sotoscueva, cuyo pontificado se extendió entre 1327 y 1348, que la eligió como lugar de enterramiento,[41] señal de que ya existía tal culto en la diócesis y que contribuiría a reforzarla. El apellido toponímico puede indicar una antigua devoción presente en el valle sotoscuevense a la santa virgen y mártir a la que, también un siglo después, cuando en la capital de la archidiócesis se derribaba su capilla, se erigía una ermita en el pueblo de Villamartín.
El mundo de las cofradías, agrupaciones asistenciales de apoyo mutuo, articuló y vertebró gran parte de la vida social del Antiguo Régimen. En la archidiócesis de Burgos las más célebres fueron la de la Vera Cruz, y la del Rosario, pero a Santa Marina también se advocaron algunas.[42] Los libros parroquiales de la iglesia de San Esteban en Villamartín integran el más antiguo de los libros conservados de la ermita, el Libro de la cofradía de Santa Marina,[43] con documentación extendida entre 1583 y 1921, y otro de Santa María, Santa Marina y Santa Eulalia (1709-1938).[44] Los diez primeros folios del Libro de la cofradía de Santa Marina contienen sus ordenanzas, firmadas un 13 de marzo de 1583, con sus artículos formularios (condiciones de entrada a la cofradía, obligaciones, protocolos a seguir ante el fallecimiento de una hermana o un hermano...), y principia así:
“Comiença la regla y hordenança de la confradia y cavildo dedicada al servicio de la Sanctissima Trinidad y honor y rebere[ncia] de nuestra señora la Virgen Santa María, [ma]dre de Dios y Señor nues[tro…] de todos los [sanctos] y sanctas de la corte del cielo y especialmente de la vienaventurada señora sancta Marina, por cuya deboción y anparo hordenamos esta regla los confrades y hermanos de este lugar de Villamartín…”.
No hay constancia documental de la existencia anterior de esta cofradía, pero tampoco se puede descartar, por lo que la advocación no sirve de argumento cronológico fiable para datar la teja. En todo caso, se plasmó en este momento por escrito su constitución jurídica, seguramente al calor del concilio de Trento, que impulsó el registro escrito mediante libros de las instituciones, propiedades raíces, bienes muebles, asientos contables y sacramentales vinculados a la fábrica parroquial.
El edificio se decoró al tiempo de su construcción con unas sorprendentes pinturas murales, a medio camino entre la tradición pictórica y la grafitera, presentes en los muros interiores pero también en las dovelas exteriores de su portada. No se puede hablar de la existencia de un programa iconográfico como tal, sino de un extenso conjunto antológico de signos y símbolos profilácticos (en menor medida, animales) al interior y al exterior del templo,[45] donde junto a inmensas y espectaculares cruces creadas a partir de nudos de Salomón, maniculae protectoras,[46] cruces de consagración, hallamos pentalfas, trisqueles, escenas de danza… e inscripciones pintadas de vocación monumental, sitas en anómalos emplazamientos, que no se avienen a ser interpretadas desde las claves de la historia del Arte.
Arco de gloria en 2015, con sorprendentes pinturas en sus hombros, antes de la intervención
Parte de la inscripción absidal fue cubierta en época barroca por un pequeño retablo mayor (otros dos colaterales, a sus lados, no llegarían a alcanzarla), del que no hay constancia documental pero sí huellas en el muro y algunas piezas recuperadas.[47] Mueble litúrgico y antigua decoración e inscripciones murales coexistieron, y permanecieron a la vista durante más de medio milenio. Es una circunstancia que hay que intentar explicar, pues no es nada corriente que en un edificio con uso cultual continuo no se produzcan modificaciones decorativas en sus revocos interiores. Ni siquiera cuando se redujo la altura de la nave del templo se aprovechó para adecuar la decoración a lo que mandaban los cánones estéticos contemporáneos. Antes bien, se respetó la parte que no fue necesario tocar; tampoco se intentó reproducir lo que había en las partes nuevas cuando se alteró el cierre occidental del templo. No parece que se repintara tampoco, porque no hizo falta. Incluso la ermita tuvo un periodo especial a principios del siglo XIX, en que sustituyó a la iglesia parroquial durante el tiempo que duró el “adoquinado” de esta, celebrándose los oficios divinos en la ermita,[48] a pesar de lo cual tampoco se encalaron sus paramentos. El significado de lo que ahí se veía debía permanecer en cierto modo activo en la cultura popular, por lo que a nadie le pareció intolerable su presencia y así permaneció hasta el final de la vida de la cofradía en las primeras décadas del siglo XX, y hasta hoy.[49]
Detalle de las pinturas sobre la clave del arco de gloria
Esta conservación histórica de los enlucidos la vinculo a un sentido identitario de los usuarios y usuarias de la ermita de Villamartín, su vecindario y, como representante de este, de la cofradía que desde 1583 la administraba. No pasó lo mismo con otras muchas ermitas, que tuvo el pueblo, que sencillamente se arruinaron y desaparecieron.[50] Ha habido, secularmente, un apego tal a la ermita con su decoración primigenia que no se ha entendido que hubiera que modificarla. Este conservadurismo es la expresión de un sentimiento de pertenencia y comunidad que se materializó en el interior del templo y se actualizó generación tras generación, sentimiento anclado en esa parte del inconsciente colectivo más ancestral.
El escrupuloso respeto histórico a este conjunto original estremece.
La ermita creó un vínculo con la comunidad que se ha sabido transmitir secularmente, aunque se olvidara el porqué de tal relación. Los espacios liminales del edificio se protegieron: la portada, mediante las pinturas; el tejado, mediante la teja, y el interior se repletó de signos y símbolos profilácticos y apotropaicos. Además, su ubicación, prácticamente dentro del perímetro urbano de Villamartín la ha librado seguramente de usos que no fueran los litúrgicos, coadyuvando a la preservación de los frágiles enlucidos. Del mismo modo, el hecho de que nunca fuera una ermita “rica” igualmente colaboró con el mantenimiento de la decoración primigenia. Sí sabemos que ahí está, con una decoración en hombros de nave y hastial oriental que ha permanecido intacta a través de los siglos, así como en la portada de acceso. Ese sentimiento de pertenencia sería el mismo que provocó la conservación premeditada de la teja inscrita, pues no en vano pertenecía al mismo impulso y, en nuestra opinión, al mismo momento fundacional.
El escrupuloso respeto histórico a este conjunto original estremece.
Planta de la ermita (con la colaboración de la arquitecta Inés Santa Olalla)
Planta de la ermita (con la colaboración de la arquitecta Inés Santa Olalla)
Inscripción absidal
Testero absidal una vez restaurado, con la inscripción y otras pinturas
Sobredibujo de la Oración de los fugitivos en los versos que citan a santa Marina (elaboración propia)
Teja inscrita, encontrada en las inmediaciones de la ermita en 1950 (imagen facilitada por el párroco de Villamartín de Sotoscueva, don Carmelo Olmedillo Arranz, a través de José Antonio San Millán Cobo. A ambos les estoy muy agradecido)
De izqda. a dcha., sellos notariales: en la teja, en las Ordenanzas (ADBu, Libro de la cofradía de Santa Marina, s.f., último folio 1583), y en documentos de notarios de la zona del siglo XVI: AHPBu, Protocolos. 2987-5, f. 30v, 2976-2, f. 54r y 2976-6, f. 10r
Arco de gloria en 2015, con sorprendentes pinturas en sus hombros, antes de la intervención
Detalle de las pinturas sobre la clave del arco de gloria
El escrupuloso respeto histórico a este conjunto original estremece.